En el oscuro laberinto de la política internacional, la figura del Secretario de Estado de Estados Unidos, Anthony Blinken, emerge como un inquietante símbolo de un gobierno maníaco y desesperado. En nombre de Joe Biden, Blinken, ha tomado decisiones que no sólo constriñen la esencia del poder imperialista de Estados Unidos, sino que revelan una profunda crisis de cordura. Reconocer a Edmundo González Urrutia como presidente electo de Venezuela no es más que un eco de la locura que acompaña a un gobierno moribundo, dispuesto a arrastrar al mundo hacia una nueva confrontación que podría desatar el caos global.
La escalada violenta contra Venezuela no es un mero capricho; es el resultado de un deterioro en la salud mental de una administración que parece estar lidiando con sus propios demonios. Mientras, Biden, sedado y envuelto en una camisa de fuerza metafórica, permite que su política exterior se transforme en una danza macabra. Se inicia un ciclo de hostigamientos encabezado por personajes como González Urrutia y María Corina Machado. Estos actores, ahora respaldados por el imperio, desafían la estabilidad y la soberanía de una nación.
El anuncio de que, González Urrutia, tomará posesión como presidente electo el 10 de enero de 2025, si se materializa a través de la Asamblea Nacional de 2015 —la misma que hizo de Juan Guaidó un presidente interino en una farsa política—, revela las intenciones de un golpe encubierto. Las calles de Venezuela, sin embargo, se llenarán de millones de ciudadanos dispuestos a defender lo que les pertenece: Su Constitución Nacional, la cual proclama su soberanía e independencia. Este tejido social, vibrante y resistente, se alza frente a cualquier intento de usurpación.
Los que celebran esta aberrante decisión del gobierno estadounidense son los mismos que anhelan regresar a épocas de coloniaje, donde Venezuela se convierta en un simple vasallo de las élites gringas. La memoria colectiva de aquellos días de sumisión debería servir como baluarte, pero el riesgo de caer nuevamente en esa trampa histórica es inminente. La resistencia se encuentra en cada rincón del país, desde los barrios hasta las plazas, listos para contrarrestar la intervención extranjera.
El mismo 10 de enero, Nicolás Maduro Moros, verdadero presidente de la República Bolivariana de Venezuela, juramentará su cargo rodeado de un pueblo decidido a resistir. No obstante, la amenaza de que González Urrutia, aparezca en suelo patrio, acompañado de ex mandatarios como Andrés Pastrana, Felipe Calderón y otros, planeando una invasión a la patria venezolana, tiene una connotación siniestra. La autorización del presidente panameño, José Raúl Mulino, para que este grupo ingrese al país es un acto provocador que cruza la línea de la soberanía nacional. Cualquier intento de violar el espacio aéreo venezolano desencadenará una respuesta contundente por parte de nuestras autoridades.
Venezuela no está sola, mientras el gobierno de Estados Unidos se sumerge en su propia locura, la resistencia venezolana se fortalece. Contra viento y marea, un pueblo unitario se alza para reafirmar su lucha por un futuro libre y soberano, negándose a ser un peón en el ajedrez geopolítico de potencias en decadencia. La historia se escribe con sangre, pero también con la determinación de un pueblo que sabe lo que es defender su dignidad.
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William Gómez García Venezolano, periodista
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