Urbanismo y ciudad: Barcelona, capital de Catalunya

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De modo inevitable cuando en algún foro se asocia la palabra urbanismo con la ciudad de Barcelona (capital de Catalunya, esa nación sin Estado en lucha durante siglos por un derecho a decidir su futuro, situada al noreste de España, frente al mar Mediterráneo), se posa la mirada, el interés y la curiosidad en el modernismo catalán, movimiento que en arquitectura simboliza una ruptura con las formas clásicas, con predominio de las líneas curvas, con la ornamentación barroca basada a menudo en floraciones de la naturaleza y que tiene como representantes más egregios a Antoni Gaudí, Domènech i Montaner o Puig i Cadafalch, y como edificios-símbolo el templo de la Sagrada Familia, el Palau de la Música, la Casa Batlló, la Casa Milà, el Parc Güell o el Hospital de Sant Pau, olvidando que una ciudad es, por supuesto, algo más que unos edificios emblemáticos encargados por ricos burgueses a arquitectos visionarios.

Una ciudad requiere de operaciones menos vistosas, pero más prácticas: contribuir al bienestar de las personas que la habitan, de modo que a eso se dirigió el primer plan urbanístico importante, el “Plan Cerdá”, del arquitecto Ildefons Cerdá, trazado en 1860 en una estructura cuadricular y de ensanche.

Barcelona ya había casi perdido su estructura amurallada medieval y aún eran evidentes los daños que vinieron de la mano de los ejércitos borbónicos de Felipe V, que en 1714 la habían bombardeado sin tregua ni clemencia. Pero aquella guerra dejó también un extenso terreno libre de edificaciones por hallarse catalogado como “zona militar estratégica” y sobre esa superficie plasmó su proyecto fundado en la funcionalidad, el saneamiento, la creación de vastos espacios verdes en los patios de manzana, en una visión geométrica y un tanto cuadriculada del conjunto urbano.

Demasiado avanzado para su tiempo, el visionario plan fue atacado porque no satisfacía los intereses oligárquicos y así se perdió parte del proyecto del que queda sin embargo una estructura central de la ciudad que se denomina Eixample (Ensanche) y que configura una geometría lineal, sin grandes alturas, y calles formadas por perpendiculares y paralelas.

Así se fue extendiendo la ciudad en los años que siguieron, hasta que en 1953 se acometió una reforma que culminó en 1976 con la aprobación del Plan General Metropolitano, definido como plan director urbanístico referido al ámbito territorial compresivo del conjunto de municipios que formaban la Entidad Municipal Metropolitana de Barcelona, es decir, los 27 municipios en la zona de influencia de la capital que se integran en la Corporación Metropolitana de Barcelona  para la prestación de servicios comunes, adaptado a la Ley del Suelo de 1976 y que tiene una visión menos restringida y más abierta del urbanismo municipal.

El nuevo Plan, ambicioso, señalaba inmensos espacios verdes y de equipamientos, apertura de viales y limitación de alturas. Se elaboró bajo la dirección del arquitecto Joan Antoni Solans y el ingeniero Albert Serratosa, además de un equipo de cuatro juristas en el que se hallaba integrado quien esto escribe –que redactó las normas jurídicas del Plan– y otro de arquitectos y delineantes de las normas técnicas.  Se abrió un período de alegaciones siendo interpuestas más de 25 mil, que fueron resueltas a veces bajo intensas presiones de los que, agonizando ya Franco, no querían perder sus privilegios: banqueros, órdenes religiosas y grandes propietarios de terrenos. Así, presionados los directores del Plan dimitieron y muchas de las progresistas especificaciones del mismo quedaron difuminadas. Para la rehabilitación de viviendas se analizaron los avances que en la materia realizaba el genial arquitecto cubano Eusebio Leal en La Habana y con esas directrices se consiguió preservar una arquitectura unifamiliar de bellas y sencillas fachadas y pequeños jardines.

El Plan General Metropolitano siguió funcionando, mal que bien, en los años siguientes con todo lo que se salvó del naufragio, hasta que llegó la euforia por la concesión a Barcelona de los Juegos Olímpicos de 1992, que obligó a un gran esfuerzo de obra pública que tuvo la virtud de abrir la ciudad al mar, si bien con el coste añadido del traslado de numerosas familias y grupos étnicos a lugares menos visibles.

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Jaume Domènech Catalán, ambientalista martiano

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