Mis días del golpe en Bolivia

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Conectada a la frecuencia de una radio boliviana, desde mi casa en Caracas, pude escuchar el testimonio de familiares de las víctimas que esperaban que los del Grupo Interdisciplinario de Expertos Independientes (GIEI) esclarecieran que los hechos ocurridos en Sacaba y Senkata, en noviembre de 2019, fueron una masacre y hacían un llamado a la Memoria, Verdad y Justicia. Sus declaraciones me conmovieron no solo hasta las lágrimas, sino que me remontaron al miedo experimentado en aquellos aciagos días, cuando reinaba la intolerancia para con las mujeres de polleras, las y los indígenas, las y los campesinos, la gente pobre, humilde y también contra las extranjeras y los extranjeros que estábamos allá por diferentes motivos.

La intransigencia exacerbada en algunos sectores de la clase media y alta, que empezó cuando políticos, representantes de estas rancias esferas, arengaron para sacar al entonces presidente Evo Morales del poder, bajo el falaz argumento de un fraude. En la ciudad, no en las laderas ni otros sectores populares, salieron a cerrar las calles, violentando el derecho al libre tránsito, cercaron sobre todo las vías de acceso de algunos barrios pobres, para evitar que salieran a defender a Evo o al gobierno, pero igual la gente salía, aunque era difícil predestinar los desenlaces de aquellos enfrentamientos.

Cuando estaban más enardecidos a quienes veían de tez morena o rasgos indígenas, los golpeaban o las humillaban. Entonces decidí que era mejor circular sin documentos de identidad. Me hice una transformación física para pasar desapercibida y confundirme con las bolivianas: alacié mi cabello dejando atrás los rulos que definían mis rasgos afros, me vestí con una chompa bien ancha, lentes oscuros, gorra y un buzo un poco raído que completaba mi nuevo atuendo. Los días que debía salir a aprovisionarme de alimentos, o trasladarme a mi lugar de trabajo, trataba de ir en taxi hasta donde pudiera llegar, porque como dije estaban las calles bloqueadas, y el resto lo cubría a pie a veces en largas caminatas, esquivando las vías tomadas. Aunque hice todo lo posible por camuflarme, mi metro setenta y mis curvas me delataban, no formaba parte del fenotipo común.  

En La Paz, yo vivía en Sopocachi una de las zonas más bohemias, similar a la Candelaria y Bellas Artes en Caracas, con sus restaurantes, museos y salas de arte. Por más de quince días alojé a un amigo periodista internacional, Marco Teruggi, que vino a cubrir las elecciones y se quedó a seguir los eventos y con él hacíamos seguimiento de las noticias.

El día antes que se consumara el golpe, recibimos en la casa a otro compañero y le sugerimos que se cuidara, que tratara de guardarse un tiempo, porque estaba denso el ambiente y todo apuntaba a que serían perseguidas las figuras públicas.  También, antes del día del golpe, Marco estuvo en El Alto y me contó que parte de la gente que estaba con el gobierno lo protegió mientras estuvo allá cubriendo y noticias y documentando los hechos.

El día del golpe, el 10 de noviembre de 2019, imprimí una carta que debíamos llevar a la Conferencia Episcopal, la sede quedaba cerca de mi casa, para que intercedieran en la seguridad de las y los venezolanos. Para la misión le pedí a este amigo que me acompañara, yo no portaba documentos ni celular, entonces le dije: si me agarran gritaré y tu grabas para que todo el mundo sepa lo que está pasando, ese día estaba nerviosa, pero decidida.  Doblé la solicitud, la metí dentro de mi chaqueta y nos encaminamos al edificio, él me dijo que apelaría a su documento francés porque mi nacionalidad, en ese contexto, no valía nada, además, a los ojos intolerantes, “yo también pasaba por una más de las que apoyaba a Evo”, por suerte no nos pasó nada. Ya en la sede me recibió una monja en la puerta, no me dejó hablar con el cura, no nos dejó pasar, de la petición nunca obtuvimos respuesta.

Esa noche en la casa estuvimos a media luz, porque estaban llamando a las vecinas y vecinos a que colaboraran en cercar la calle, los aviones militares pasaban rasando los altos edificios, mientras en las barriadas la gente defendía el proceso de cambio, las y los conocidos nos reportaban los heridos de bala, los muertos, todo se ponía cada vez más turbio. Le dije a mi amigo: llama para que te consigan un pasaje, eran casi las 7 de la tarde, escribió y le consiguieron un vuelo que salía a las once de la noche de ese mismo día. Le ayudé a meter todo en su maleta, le pedí que me llevara una mía con ropa y accedió, cuando salimos a buscar un taxi la calle estaba desolada y fría, al frente un único taxi esperándolo, se montó con sus dos maletas y salió del país horas más tarde.

Los días siguientes explotaron dinamita en la sede de Embajada de Venezuela en Bolivia. En el hall de entrada a mi casa, me atacaron dos hombres, eran vecinos del edificio que se transformaron o sacaron su careta fascista cuando ya no cabía duda de que la derecha tomaría el poder. Me agredieron, acusándome que yo tenía votos del fraude en las bolsas que llevaba, pude subir entre forcejeos al ascensor, mientras me gritaban “que me iban a seguir, que llamarían a la policía, que era una extranjera que apoyaba el fraude, que no iba a salir ilesa” marqué dos pisos más arriba del que habitaba y tuve que bajar con aquel peso por las escaleras, no había nadie, entré al departamento.

Alcé el intercomunicador y llamé al portero para preguntar si seguían ahí porque yo me iba y me dijo: bajé rápido. Abandoné mi hogar paceño, portando solo una maleta pequeña con mis documentos personales, fotos, la computadora, la cámara fotográfica y nada más, solo lo que se podía ante aquella amenaza. Bajé y le di las gracias por  no decirle al par de hombres en qué piso vivía, cruce la calle, caminé una cuadra, tomé el primer taxi que pasó y me dirigí hacia cualquier esquina, me bajé, tomé otro y el chofer me preguntó  ¿a dónde va? y le dije vaya a la zona Sur, me respondió: veremos si hay paso, mientras llamaba por teléfono para que me dijeran qué hacer, la instrucción fue que me dirigiera a la embajada de Nicaragua, tuve que pedirle al taxista que retornara, dimos varias vueltas antes y me bajé  a media cuadra. Entré a la casa de la misión diplomática y en ese momento el miedo y el llanto se apoderaron de mí, no podía caminar, solo lloraba y temblaba. Dejaba atrás varios años de trabajo, mi historia en Bolivia, mi cama, mis cosas, mis amigos y amigas con los que viví tantas experiencias, el té, el agua, recordé en ese rato esa sensación amarga de los exiliados, la partida imprevista, la tierra a la que no volverás, el dolor de la muerte, la ruptura y un adiós que no se dará jamás a nadie.

Mi solidaridad está con aquellas personas que perdieron desde lo más pequeño, hasta lo más grande que es la vida de sus familiares. Resarcir es un camino para sanar, es un buen intento, creo que el presidente Luis Arce, hizo algo que hasta ahora nadie había hecho, pedir perdón, todos y todas necesitábamos eso, que alguien asumiera el dolor de las víctimas y él con ese enorme gesto, llenó un poco el vacío.

Yo que ya había vivido un golpe de Estado en Venezuela en 2002, recordaba aquel escenario que la oligarquía de mi país alentó, aquel odio desatado contra los chavistas, que era el mismo en Bolivia contra los masistas, una que piensa que no puede haber lugar para tanta maldad y que esas conductas no se pueden repetir tan exactas, en algo de ingenuidad que quizá aún conservo en mi mente, me mentía. Ayer al escuchar, sentí nuevamente ese jalón en la espalda que te obliga a pararte y te deja sin voz, me encontré otra vez abandonada como en los años 2002 y 2019, como si mi cuerpo y mi mente perdieran otra vez algo que no podrán recuperar jamás. Ahora entiendo lo que significa para mí la violencia psicológica, un estado que puedes controlar con terapia, tal vez, pero que está sensible para siempre, que se dispara como cuando se aprieta un gatillo y cuando menos se espera.

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Nahir González Correo del Alba

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