Travesía con Don Quijote y Sancho

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Por Jaume Domènech

Dedicado a los presos políticos catalanes.

Siempre que viajo me peleo conmigo mismo. La maleta no cierra, demasiados libros que no leeré. Decisión drástica: todos fuera.  Camus, Kavafis y Ausiàs March emergen desde la ropa mal planchada. Un solo libro viajará conmigo y, casi sin mirar pero de forma consciente, tomo el pequeño volumen de la segunda parte del Quijote. Siempre pensé que la primera parte es una gran novela; pero que la segunda es una obra maestra de la literatura universal.  

El avión gira a la izquierda antes de sobrevolar el mar. Planea sobre la playa de la Barceloneta y, a través de la ventanilla, me parece ver abajo, en la arena dorada, a Don Quijote en duelo con el caballero de la Blanca Luna, quien le vence haciéndole exclamar: “Dulcinea del Toboso es la más hermosa mujer del mundo y yo el más desdichado caballero de la tierra”. En la playa, Don Quijote termina su gloriosa carrera y retorna a su patria decidido a hacerse pastor. Regresa al pueblo con Sancho, quien asume el papel del Quijote mientras este empieza su tránsito a la inmortalidad.

Vuelo a la América de Bolívar y Martí, amenazada por Trump en su deseo de arrebatarle la independencia. En medio de estas grandes contradicciones, algo de suerte: no tengo patria. Quisiera tenerla para que los imperios intentaran arrebatármela y pelear y vencer; incluso, de enfrentar su pérdida, luchar y volver por ella, como Machado, ligero de equipaje y vestido solo con las ropas del hombre libre.

Ricote el Morisco, especiero en el pueblo de Sancho, conforme a los edictos de destierro ha tenido que salir de España y movido por la nostalgia –y también con la esperanza de desenterrar un tesoro– se infiltra en el país, disfrazado de peregrino. Después de la erradicación de los moriscos y de los judíos, España no fue más pura; sino más pobre. Se convirtió en la España secularmente gris, con la pátina que recubre siempre su “gloriosa” e inventada historia.

En mi travesía con Don Quijote y Sancho, aquel no se hace pastor ni muere, sino que se empeña en deshacer entuertos en sede legal, en distintos tribunales españoles que han enviado a prisión a mujeres y hombres honestos cuya patria es Cataluña. El caballero de la triste figura camina por las baldosas frías de esas instituciones, recoge birretes, togas y puñetas de los ilustres magistrados, a los que imparte la última lección de su vida.

Ya ha caído la noche sobre el Atlántico, por encima del cual volamos. Duermo, sueño con Don Quijote en persona y le agradezco la lección en nombre de los pobres, de los presos y las mujeres maltratadas, los pueblos libres, la lección de luchar sin importar cuán grande parezca el enemigo y de soñar con un amanecer mejor –aunque no seamos nosotros los que despertemos en él–.

El avión aterriza. Ojalá haya una Dulcinea de las Américas esperando a este ávido hijo de Alonso Quijano que viene de regreso; aquí se percibe un palpitante hálito de victoria, una huella de los más grandes libertadores. También descubro la sensible inteligencia y la gracia de quienes, en Cuba y Venezuela, según sus primeros libros en revolución, aprendieron a amar al Quijote. ¡Don Quijote! ¡Sancho! Ustedes están presentes en las batallas heroicas por defenderse de los grandes molinos de estos tiempos.

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Jaume Domènech Ambientalista

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