Por Félix Roque Rivero
En una oportunidad, luego de un foro en el Banco Central de Venezuela (BCV), en la planta baja, observé que el maestro Luis Britto miraba sin ver y esperaba sin esperar. Me le acerqué y le dije: «maestro, puedo darle la cola en mi carro». Me miró con reservas y en un ademán de abrapalabra me dijo: «llévame a mi casa pues, yo te indico».
Así empezó aquel paseo de palabras por la Caracas que lo vio nacer un nueve de octubre de 1949. Aquello fue un monólogo excitante con el más prolifero de los autores venezolanos. Siempre he pensado que el maestro Luis Britto es un caso de libro Guinness. Con 80 años cumplidos, tiene más de 60 obras escritas y publicadas entre cuentos, novelas, teatro, humorismo, ciencias sociales, guiones cinematográficos, además de miles de artículos de opinión. Este venezolano insigne supera con creces a Juan Vicente Gómez que apenas tuvo una treintena de hijos. Luis Britto debe ser el más portentoso semental de hijos de papel, todos reconocidos y legalizados.
En una ocasión, alguien le dijo que la Revolución bolivariana no tenía intelectuales, que quienes conducían al proceso no eran más que una cuerda de haraganes. El maestro Britto, desenvainando su lingüístico sable le respondió afirmando que ello era falso, que el más profundo error de alguna izquierda en ayuno intelectual ha sido creerselo, que toda revolución es preparada por vanguardias ilustradas y la venezolana no es la excepción. Remató su respuesta así: «cada revolución es experiencia prodigiosamente nueva, que requiere más que cualquier cosa de la invención. Pero solo inventa quien piensa. O pensamos, o no llegamos a ninguna parte».
Con el maestro Britto da un gustazo hablar, es, como él mismo lo dice, experimentar con la paciencia humana. Es sentir el placer de escuchar las frases bien dichas, quedarse en soledad para meditarlas y luego dejarlas que se expresen con libertad absoluta. En una entrevista para el semanario El sádico ilustrado, preguntado si se debía querer más al padre o a la madre, el maestro Britto respondió que se debía querer más a la abuelita, la cual terminará por quitarles a los progenitores la poca seguridad que hayan conservado.
Al llegar a su residencia, recordé que en la guantera de mi carro cargaba un libro del maestro Britto. Era un ejemplar de Abrapalabra. Lo tomé y le dije con algo de pena: «me lo firma…» El maestro me volvió a mirar, esta vez con una sonrisa bondadosa. Tomó su lapicero, colocó el libro en sus piernas y me dijo: «¿cómo es que tú te llamas?» Desde entonces, en mi biblioteca reposa un pedacito de esta vida ochentosa, fructífera y feliz de este brillante y humilde intelectual venezolano, que seguro, continuará regalandonos una partecita de su lucidez maravillosa.
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Félix Roque Rivero Abogado







