Vivimos tiempos interesantes, tiempos de profundos cambios económicos, políticos y jurídicos. En suma, estamos en la antesala de un cambio de condiciones de posibilidad, un cambio de actores y tramas, un cambio de tiempo, en el que se resignifican muchas cosas, en el que el suelo que todos conocemos ya no es del todo firme ni del todo confiable.
Vivimos una vez más el vértigo de estar delante de la quiebra de las democracias, algo que Juan Linz en los años 70 del pasado siglo ya lo advertía. Para Linz el declive de las democracias se produce cuando se concibe a la misma como un medio para lograr otros objetivos de mayor importancia, entonces, cuando aparece el argumento de “primero los objetivos económicos y luego la democracia”, la legitimación de un gobierno autoritario está a punto de comenzar y con él el ocaso de la democracia.
Esta pulsión de que la democracia se desmorona nos ha acompañado desde el siglo pasado y se ha revitalizado los últimos años con una serie de publicaciones actuales con títulos sugerentes como el ocaso de la democracia, el fracaso de los países y la muerte de las democracias que –de manera diversa– reviven esta pulsión de fin, de ocaso, de pesimismo.
En este breve texto revisaremos a grandes rasgos lo que proponen Steve Levitsky y Daniel Ziblatt, quienes publicaron en 2018 un extenso volumen titulado Cómo mueren las democracias, nombre que también tomamos para este texto.
Levitsky y Ziblatt destacan que las quiebras democráticas no se deben a golpes de Estado ni a movimientos insurrectos, sino a las acciones de los mismos gobernantes electos, quienes en campaña electoral utilizaron irónicamente “la defensa de la democracia” y que una vez en el gobierno intentan acabar con ella.
Los políticos más populares de las democracias occidentales tratan a sus rivales como enemigos, atacan a la prensa contraria, amenazan con impugnar elecciones y han erosionado las instituciones de justicia con lo que se les permite cuestionar, disminuir y hasta eliminar los derechos civiles y políticos de sus opositores mandándolos a la cárcel como si de una justicia divina se tratara, lo terrible de todo ello –como lo enfatizan Levitsky y Ziblatt– es que lo hacen con la legitimidad del voto.
Levitsky y Ziblatt argumentan que muchos líderes políticos autoritarios llegan al poder después de graves desestabilizaciones políticas, económicas y sociales en sus países, aparecen como una especie de salvadores para poner orden. Lo que buscan destacar los autores de Cómo mueren las democracias es que los totalitarios llegan como una solución excepcional a los tiempos de crisis y cuentan con apoyo del electorado.
Uno de los síntomas de la quiebra de las democracias es el discurso de miedo y de exaltación de la mano dura para que, a partir de listas negras de persecuciones y censura, se logre el apoyo de una opinión pública manipulada. En distintos momentos, entre un 30% y un 50% de la población tiende a simpatizar con estos personajes o con sus movimientos.
Para Levitsky y Ziblatt, debajo de la superficie liberal de los países democráticos siempre ha existido una veta autoritaria dispuesta a escuchar a líderes que prometen orden, castigo o venganza. Para los autores, los partidos políticos casi siempre filtraban a estos personajes, por lo que también los partidos políticos son las primeras víctimas de la desinstitucionalización democrática que da paso a los totalitarismos. En el lugar de los partidos políticos surgen en escena medios de comunicación conservadores que dan voz a los extremistas y condenan a los moderados, de esta manera presentan y posicionan a los posibles candidatos. La población, en estos contextos, empieza a tolerar la violencia política, porque el sentido común se inunda con la sensación de que no hay alternativa.
Los líderes autócratas no destruyen la democracia de golpe y el proceso suele comenzar con un sentimiento de impaciencia, generalmente suelen utilizar la excusa de la corrupción, reforzar la seguridad, modernizar el gobierno para que sea más eficiente y depurar la política. Para ello precisan controlar las instituciones encargadas de fiscalizar el poder o promover la deliberación y el diálogo público; asimismo, precisan marginalizar a cualquier actor político que los amenace ya sea expresa como implícitamente.
Un régimen autoritario no requiere silenciar a toda la sociedad, le bastará con comprar, intimidar, aislar y perseguir a quienes puedan coordinar algún tipo de resistencia. Como consecuencia, la oposición pierde capacidad de competir, la justicia deja de actuar con neutralidad y la información pública se vuelve cada vez menos plural. Si el gobierno autoritario llega en un contexto de crisis todas estas acciones se aceleran.
Para Levitsky y Ziblatt no existe una sola solución a este quiebre de las democracias, pero sí hay escenarios posibles: desde los más catastróficos –en particular su reflexión es sobre la realidad estadounidense bajo el primer gobierno de Donald Trump y el quiebre de las instituciones de Derecho interno y del Derecho Internacional– hasta los más prósperos, sin embargo, lo que ponen en la mesa de discusión es la necesidad de instituciones democráticas fuertes y una arraigada cultura política de la tolerancia. Pero, en el estado de situación actual, ¿será posible?
__________________________
Farit L. Rojas Tudela Boliviano, abogado y docente en la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA)







