El patriarcado se concibe como un orden social genérico de poder y dominación cuyo centro es el hombre. Es un modelo civilizatorio que asegura “la supremacía de los hombres y de lo masculino sobre la interiorización previa de las mujeres y de lo femenino” afirma Marcela Lagarde.
En este mundo que continúa dominado por hombres, las mujeres son expropiadas y sometidas a la opresión con base en relaciones de sujeción a los hombres, quienes subordinan y excluyen a través de las estructuras de poder jerárquicas. El patriarcado se reproduce a partir de la creación de las instituciones patriarcales como la familia patriarcal, la educación androcéntrica, la historia robada, la heterosexualidad obligatoria o la maternidad forzada. En el patriarcado se naturaliza la violencia, la cual incluso es institucionalizada por instancias como la familia y el Estado.
En el patriarcado está ausente la democratización de las responsabilidades familiares y persiste la desigual distribución de las tareas domésticas y de cuidados, que recaen principalmente en las mujeres. Cada vez más mujeres participan del mundo de la producción de mercancías, al mismo tiempo que las actividades de reproducción se vuelven más difíciles de cumplir. En este contexto, prevalece la “mujer subalterna”, “la mujer acompañante”, de interpelación constante con estereotipos de belleza, patrones de lenguaje, de contrato sexual, que reproduce la condición de opresión múltiple hacia las mujeres.
El patriarcado como modelo civilizatorio instaura su forma de dominio al separar el trabajo en actividades productivas y reproductivas, donde las ocupaciones laborales de las mujeres quedan excluidas del concepto mismo del trabajo, reforzando la desigualdad y la dependencia al salario masculino. Las actividades reproductivas tienen en el capitalismo patriarcal un carácter diferente al trabajo abstracto. En esta lógica, las mujeres hacemos un no trabajo. Una depredadora división del trabajo que se basa desde sus orígenes en una división estructural entre hombres y mujeres. Mujeres subordinadas y hombres instalados en supervisores del trabajo no retribuido. Un “determinismo biológico, abierto o encubierto”, dice María Mies, que invisibiliza el trabajo y las luchas de una enorme mayoría de la población mundial que no está asalariada.
El patriarcado es más que un instrumento de control sobre los cuerpos y la sexualidad de las mujeres (hoy con mayor presión y control en las redes sociales), también representa una forma de organización de las sociedades hegemónicas, las cuales implementan sus modelos de organización genérica en sus espacios de influencia mediante procesos de colonización e imperialización.
Los datos de la realidad concreta se exponen en los indicadores de género de la Comisión de América Latina y el Caribe (Cepal), la Organización Internacional del Trabajo (OIT) y el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en 2024, donde se visibiliza que la incidencia de la pobreza es mayor entre las mujeres que entre los hombres, en particular en mujeres jóvenes, indígenas, afrodescendientes y las que se encuentran en área rurales. Si bien en América Latina la incidencia de la pobreza en los últimos 10 años ha disminuido, el índice de feminidad de la pobreza se ha incrementado.
El 25% de las mujeres mayores de 15 años no cuentan con ingresos monetarios propios. En tanto para los hombres el dato es del 10%. Las mujeres dedican entre 6.3 y 29.5 horas semanales más que los hombres en actividades de cuidado no remunerados. El trabajo no remunerado es un mecanismo fundamental cuando se analiza las brechas de género en la inserción laboral. En 2024 la tasa de participación femenina en el mercado laboral fue del 51.6%, mientras la participación de los hombres alcanzó el 76.9%.
A pesar de que las mujeres han logrado mayores niveles de escolaridad que los hombres, el modelo patriarcal de producción y consumo expande la sobreexplotación de las mujeres en trabajos cada vez más precarizados y de menor salario. Esta segregación se presenta también en la educación, ya que solo el 30% de las mujeres se ubican en una carrera en las áreas de Ciencias, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas. Las mujeres tienden a optar por áreas asociadas al cuidado y la asistencia, mientras los hombres dominan espacios donde los salarios son más altos en comparación con las opciones ocupadas por las mujeres. Aunque el acceso a la educación ha mejorado, la igualdad de condiciones aún no se refleja completamente en las oportunidades económicas del mercado laboral.
En lo que respecta a las plataformas de intermediación, la participación de los hombres supera a la de las mujeres. Esta diferencia se explica con las brechas de habilidades y conocimientos en la utilización de las tecnologías digitales que favorecen a los hombres. En América Latina la segregación ocupacional en la participación de las plataformas digitales de empleo es similar a la de la economía tradicional. Por ejemplo, en este rubro, las mujeres se dedican mayormente a actividades de compra y venta de bienes para los hogares; mientras que los hombres se ocupan en actividades para aplicaciones de servicio de taxis.
En efecto, desde los años 50, cada vez más mujeres se han incorporado al ámbito del trabajo público y a los procesos asalariados. Aunque la estructura de lo que llamamos público y privado se ha modificado, sus raíces permanecen casi intactas. En el patriarcado del siglo XXI el mundo público como el mundo del trabajo abstracto sigue siendo dominante, y el mundo privado como el del trabajo concreto sigue siendo subordinado.
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Ximena Roncal Vattuone Mexicana, doctora en Economía Política del Desarrollo








Excelente análisis de la autora que refleja la complejidad y lo profundo del problema, adherido a las raíces más primitivas de nuestra sociedad, cada vez más hedonista y de moral más maleable. Hace pensar en que las llamadas nuevas masculinidades, la deconstruccion, etc, son solo maneras de atenuar un grave problema que se hace perpetuo de generación en generación.