Sobre el cambio de modelo económico

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El problema real está en la acumulación misma de capital, ciertamente en la composición orgánica del capital y en la contradicción entre valor y precio.

Para decirlo con palabras sencillas, los agentes del capital necesitan integrar masivamente la robotización en los procesos productivos para elevar las utilidades, pero no tienen cómo elevarlas a un ritmo equivalente a las ganancias. En consecuencia, “no dan los números” y la episteme se deteriora, mientras los paradigmas no se sostienen.

La recesión, apuntalada con alfileres por la deuda y la militarización, se hace evidente y ya no es posible considerarla una suposición de quienes resaltamos el carácter de fondo de la Crisis Perfecta.

Hay una evidente pérdida de conciencia e incluso de inteligencia. Ya no basta captar el sentido social esquizofrénico de esta sociedad, tan visible en los medios de comunicación, la desinformación y la propaganda de los que disponen las élites.

No obstante, para no ser apocalípticos, hay tres factores a considerar en el ritmo del desplome.

Primero: la crisis es objetiva y no meramente algo surgido de errores del pensamiento. Se expresa en este, pero no surge de errores de la mente individual o intersubjetiva. El valor es una relación no solo intersubjetiva, como los precios, sino la expresión formal del sistema mismo.

Segundo: su dinámica (dýnamis, dirían los griegos) refleja procesos en los que las fuerzas productivas, sea desde la vieja o una nueva síntesis, cuestión legítima, están rompiendo las relaciones anteriores de control, ideologización y producción material. La singularidad tecnológica es una posibilidad ya no situada en el horizonte, sino en ámbitos cada vez más cercanos al control de la vida social. El capitalismo de Estado chino lo muestra con cierto grado de ingenuidad.

Tercero: se plantea si existe un único resultado y un camino previsible. Según el Lukács joven, sí lo habría, y sería ineluctable, pues el trabajo humano constituye el eje epistémico. Según André Gorz, no existiría tal camino previo, puesto que el trabajo dejó de ser un elemento ordenador del futuro. En este marco, permanece la mirada irónica de Foucault sobre el saber/poder y la biopolítica.

De este modo, se configuran dos procesos reordenadores y contradictorios en una conciencia ya de por sí esquizoide.

Desde esta perspectiva, la segunda hipótesis resulta más cercana. Ello implica tomar distancia de una izquierda envejecida que no logra descubrir un sentido propio en los acontecimientos. Acostumbrada, desde Bismarck, a beneficiarse de las migajas de poder que le concede la reproducción del capital, no ha logrado esbozar un camino de salida a la crisis.

Sus alianzas electorales para garantizar la supervivencia, su visión provinciana de la crisis, su abandono del método, aunque existan algunos esfuerzos por renovarlo, y su desconocimiento del nudo central que tiende a paralizar el sistema, la convierten en terreno fértil para cuanta ideología carismática esté disponible.

En definitiva, la crisis misma proporcionará, en ciertos niveles y momentos, nuevas alternativas de comprensión a quienes logren recoger lo que subsiste del materialismo histórico. Sobre ello, será necesario seguir reflexionando.

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Rafael Kries Chileno, economista

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