Por Alberto Aranguibel
Por exactamente las mismas falencias que padece la derecha a nivel internacional, en términos absolutos, la derecha venezolana experimenta una crisis existencial que no conoce parangón en la historia de la política contemporánea, precisamente por la naturaleza compleja y azas inviable de un escenario de permanentes reveses políticos para ella, que deriva de la lógica misma de funcionamiento del impopular modelo neoliberal capitalista por el cual se orienta.
La llamada “crisis política venezolana” no es otra cosa que la crisis a la que conduce un modelo económico, el modelo neoliberal capitalista, que enfrenta en el mundo entero el inevitable desequilibrio que genera la lógica de la competencia y la confrontación permanente entre economías diferentes para poder mantenerse a flote, y que no ha sabido afrontar jamás la compleja realidad de una economía dependiente, en vías de desarrollo, como la venezolana. Amén, por supuesto, de las nefastas consecuencias que derivan de las consabidas ansias del imperio norteamericano por asaltar nuestro recurso fundamental y poner así nuestra economía a su servicio.
Los partidos de oposición venezolanos no son en verdad representantes de corriente ideológica alguna, sino voceros del gran capital actuando en un escenario político para ellos desconocido y, en todo caso, mal entendido por quienes desde esa particular óptica lo asumen simplemente como un escenario para fomentar y desarrollar el capital privado y nada más. Que es exactamente la propuesta del Fondo Monetario Internacional (FMI) y de los factores del poder hegemónico del gran capital imperante. De ahí la trágica inconsistencia de actuar en la práctica como partidos de ultraderecha, denominándose a la vez “socialistas”, como lo hacen sin el menor rubor varios de ellos. Su problema no es la ideología sobre la cual se sustente el proyecto de país, sino la economía sobre la cual se sustente la empresa privada.
En su comportamiento más recurrente, esa derecha, obtusa y retardataria como ha sido desde siempre, ha buscado retomar el poder perdido con la llegada de la Revolución bolivariana y su promesa de justicia e igualdad social, atacando a los referentes del poder establecido con la vaga e insustancial promesa de un ilusorio bienestar futuro que jamás sustenta con una actuación coherente en el terreno de la lucha política.
Equivocada en el rol que toda oposición debe desempeñar como componente intrínseco del Estado, se coloca siempre en la acera de enfrente del escenario político, como un vulgar tirapiedras que busca derruir lo existente a punta de desestabilización, ingobernabilidad y anarquización de la vida toda de las venezolanas y los venezolanos, a la espera de un eventual provecho que, como por arte de magia, surgiría de esa hecatombe por ella provocada.
Así como desprecia persistentemente la voluntad mayoritaria del pueblo expresada en las urnas, se desprecia a sí misma cuando destruye (sin percibirlo quizás) sus propias posibilidades como actor político, generando los altos niveles de rechazo a la política y a la estructura toda del Estado, con su irresponsable e irracional actuación como sector violento cuya lucha se fundamente en el odio que logre acumular entre la gente contra un sector políticamente adverso, pero que en definitiva goza de los mismos derechos democráticos para aspirar al poder, tal como lo consagra nuestra avanzada carta magna.
Pretende, de manera insensata, que la gente entienda la democracia como un modelo que no debe aceptar el desempeño plural de visiones políticas divergentes, sino que debe entenderse como un ámbito en el que solo una opción, la suya, tendría que ser considerada lícita y, en consecuencia, cualquier otra ilegal o hasta delincuencial.
De ahí que la única vez que ha logrado obtener un triunfo electoral importante, como aquel del 2015 en el que obtuvo el control del Parlamento (a todas luces circunstancial, habida cuenta del alto número de militantes chavistas desmovilizados por el engaño y la manipulación mediática del que fueron víctimas), lo primero, y único, que hizo fue tratar de convertir ese tan significativo poder del Estado venezolano en una plataforma para el fomento del golpismo y la desestabilización.
Antes que buscar rescatar la institucionalidad de ese poderoso actor político del Estado para ponerlo al servicio de su propio proyecto a través del trabajo legislativo creador y modernizador desde el debate y confrontación civilizada de las ideas, la derecha, como una muestra más de su crasa ineptitud para el ejercicio del poder, convirtió en gallinero de insolencias y destemplanzas inconstitucionales el Parlamento hasta vaciarlo por completo de representatividad y dejarlo solo como madriguera para la conspiración y la guerra de infamias y agresiones económicas y políticas de todo tipo contra el Estado venezolano.
Por eso el escenario que se abre a partir de la elección del nuevo Parlamento, es el de la gran oportunidad de retomar desde ahí, y junto a los demás poderes del Estado, la senda de la construcción de futuro cierto y verdaderamente promisorio para el país, como lo hacen todos los parlamentos del mundo apegados a la norma del contrapeso constitucional que debe regir el desempeño de todo Poder Legislativo, desde la concepción del trabajo orientado por las necesidades reales del país y no por las ambiciones sectarias e irracionales que durante estos últimos cinco años en tan mala hora lo signaron.
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Alberto Aranguibel Miembro de la Asamblea Nacional Constituyente de Venezuela (ANC)







