Irán: tambores de guerra. Hipocresía mediática versus dominación imperial

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Año 2026

La agresión de los Estados Unidos e Israel a Irán el 28 de febrero del presente año evidencia el desorden del  sistema internacional actual. Washington, como nunca antes, trata de imponer su dominio de cualquier forma, para ello utiliza la amenaza, la fuerza, la imposición de aranceles, al tiempo que ignora el Derecho Internacional: en resumen, es pura fuerza bruta.

Frente a esto, los Estados, sociedad civil, organismos multilaterales, aunque algunos expresan desacuerdos y condenan, parecen estar paralizados ante el quehacer destructivo estadounidense.  

En Medio Oriente ese quehacer viene de la mano de su aliado sionista. Los precedentes  muestran que las formas de hacer han sido recurrentes, sobre todo en los últimos tiempos, tal vez el más ilustrativo es el caso de Gaza, donde se permitió el genocidio y, posteriormente, la “solución” fue, a través de un acuerdo de paz, crear la Junta de Paz. Sin embargo, aún sigue una pregunta en pie: ¿paz para quién?

En ese ámbito, los tambores de guerra contra Irán traspasaron la retórica y las maniobras y se convirtieron en agresión. Esta última ha tenido un soporte esencial en la hipocresía mediática y manifiesta las necesidades imperiosas del dominio imperial.

El discurso

Mientras Israel y los Estados Unidos invadían Irán, Trump invitó al pueblo iraní a tomar el control del país y precipitar la caída del “régimen”. Con un ataque masivo, donde mataban a civiles, incluyendo más de 200 niñas de una escuela y al Líder Supremo y otros altos mandos del gobierno iraní, “llegaba la hora de la libertad”.

Los argumentos eran eliminar la amenaza que significaba el “régimen”, defender al pueblo iraní y proteger a  los países de la región. Además, Irán era calificado como país patrocinador del terrorismo. Era necesario un “cambio de régimen”.

Pero,  además de todo eso, la operación aseguraba que el país nunca tuviera el arma nuclear. “Irán se había negado durante décadas a renunciar al arma nuclear”. En resumen, “se había acabado el tiempo de negociar, había que atacar para frenar los avances acelerados del programa nuclear iraní y de los misiles balísticos”.

¿Hasta qué punto las razones expresadas se correspondían con la realidad?

Tambores de guerra

Los Estados Unidos perdieron uno de sus aliados esenciales con la Revolución Islámica de Irán en 1979. Desde ese momento se inició la política hostil de los Estados Unidos ante su antiguo socio en el área, uno de los más importantes.

La crisis de los rehenes y la implementación de las primeras sanciones evidencias las contradicciones desde el triunfo de la Revolución iraní. Con el paso del tiempo, las sanciones se fueron ampliando y endureciendo cada vez más: desde los 90, por ejemplo, se prohibió invertir en el sector energético, pero sobre todo a partir de 2006 las sanciones se hicieron férreas.

Desde inicios del siglo XXI la cuestión nuclear pasó a ocupar un primer plano como eje de conflicto. La firma  del Acuerdo Nuclear (Jcpoa) en 2015 parecía que abría una puerta, pero  Trump la cerró el 8 de mayo de 2018  al retirarse unilateralmente del mismo, además implementó la estrategia de máxima presión.

Tanto la retirada del Acuerdo como la política de  máxima presión tenían como objetivos, entre otros: presionar a Irán para que pusiera fin a su programa nuclear y modificara lo que Washington calificaba como “actividades malignas”, tales como  apoyar a milicias, programa de misiles, influencia regional. Sin embargo, más allá de las sanciones, que aumentaban por día, la estrategia combinaba aislamiento diplomático, despliegue militar, guerra cognitiva, manipulación comunicacional y apoyo a aliados, en lo que era un enfoque integral de contención.

Asimismo, los Estados Unidos fortalecieron el apoyo a aliados regionales a través de entrenamiento, armamento y asistencia, donde se incluían el apoyo a fuerzas contestatarias de los regímenes aliados de Irán. Además, según la narrativa imperial, las acciones militares y de seguridadque se implementaban estaban en función de apoyar a Israel.

Mientras, Tel Aviv planteaba estar muy preocupado por la posesión del arma nuclear de Irán. Para Israel, la conformación –y fortalecimiento– del Eje de la resistencia y el apoyo a la causa palestina por parte de Irán era una amenaza, además de las aspiraciones territoriales en el área.  

En ese contexto, desarrolló un fuerte trabajo de inteligencia, en algunos casos apoyado por los Estados Unidos o realizado por este último, que estableció una práctica sistemática que fue en ascenso hasta la actualidad: el asesinato de líderes de diversas organizaciones.

Desde 2010 se hizo sistemático el asesinato de científicos y otras personalidades, como Soleiman en 2020. Estos métodos prácticamente no fueron condenados en ningún momento, se hizo cotidiano. Se seguía un modelo “clásico”, que se unía a la instigación y apoyo a fuerzas contrarias al régimen iraní a lo interno.

Más allá de las acciones en Gaza, Siria y Líbano, la escalada en el Golfo Pérsico aumentaba. Entre el 2023 y 2024 la misma fue progresiva a través de ataques encubiertos y sabotajes. En particular Israel implementó –y mantuvo– operaciones de ciberataques y bombardeos selectivos contra instalaciones nucleares y depósitos de armas iraníes.

Paralelamente, los Estados Unidos hicieron un despliegue  disuasorio: reforzaron su presencia militar en el Golfo Pérsico, aumentaron las patrullas navales y fortalecieron las bases. Al tiempo que chocaba –o aumentaba las represalias, según su discurso– con grupos –milicias– aliados de  Irán en Irak y Siria. Entre abril y octubre de 2024 se dieron dos enfrentamientos directos entre Israel e Irán que involucraron cada vez más a actores regionales.  

En junio de 2025 comenzaba la guerra de los 12 días. Israel lanzó bombardeos a gran escala contra objetivos dentro de Irán. Fue la primera vez que atacó directamente tan profundo en territorio iraní. Teherán respondió.

Estados Unidos intervino, apoyó a Israel con inteligencia, defensa antimisiles y ataques contra infraestructura militar y áreas del programa nuclear iraní. Tras 12 días se firmó el alto el fuego, pero esos 12 días marcaron un antes y un después. Se daba un paso más  hacia la confrontación entre Israel y  Estados Unidos con  Irán.

Israel, además de haber logrado que se aprobara el plan de paz para Gaza, que era una suerte de regalo a su política expansionista, avanzaba en sus intenciones con respecto a Líbano pero, además, ansiaba derrocar a Irán. No obstante, sabía que en esa acción debía tener apoyo.  Necesitaba a su aliado de todos los tiempos, Estados Unidos.

La nueva etapa se acomodaba a la  retórica belicista, las acciones y las maniobras de los Estados Unidos y su aliado Israel durante años. En la práctica, el aumento de los ejercicios militares, sanciones y amenazas fueron el preludio de la agresión a Teherán. Netanyahu se sentía seguro, era el momento propicio para conformar el Gran Israel, pero Irán era un obstáculo.

En otro sentido, junto al lenguaje de confrontación y de demostraciones militares en Medio Oriente por parte de los Estados Unidos e Israel, se evidenció la antesala discursiva y estratégica que preparaba el terreno para iniciar  la guerra.

Kenneth Katzman, en sus informes para el Congressional Research Service, subraya que las sanciones, amenazas y despliegues militares estadounidenses en el Golfo Pérsico han funcionado como instrumentos de presión que “buscan disuadir a Irán, pero al mismo tiempo incrementan la percepción de inminencia de conflicto y de amenaza”.

O sea, los tambores de guerra se expresaron en la retórica y se materializaban de múltiples formas. Ese accionar enfrentó la paciencia persa en un escenario donde la presión estadounidense e israelí era cada vez mayor. 

Debe recordarse que Irán había demostrado en la guerra de los 12 días su capacidad de enfrentar la agresión, pero se apreciaba debilitado, aunque reiteraban que habían utilizado su armamento más viejo. Mientras, el Eje de la resistencia había sufrido pérdidas sensibles, sobre todo Hezbollah y en  Siria, con la caída del régimen de Bashar Al-Assad. 

Todo indicaba que el escenario era favorable para la agresión. Sin embargo, la respuesta iraní sorprendió, las cosas no salieron como las habían planificado en sus incios. Tal vez  los atacantes no tuvieron en cuenta que, como en otras oportunidades observé, “históricamente Irán ha estado en el ojo del huracán. Cualquier atacante debe considerar las condiciones geográficas, la población y el tamaño de su territorio; la experiencia militar del país, consolidada actualmente por sus dos ejércitos (el nacional y los Guardianes de la Revolución); la cultura milenaria y el sentido de lo nacional; así como las implicaciones que tendría cerrar el Estrecho de Ormuz”.

28 de febrero de 2026

El pasado 28 de febrero comenzó la  “Operación Furia Épica” – “Rugido del León”.  Tal vez lo más significativo, si se puede calificar así, no fue solo el terrible bombardeo, especialmente a la escuela de niñas –han continuado sistemáticamente las acciones que tienen como objetivo a la población civil–, sino, además,  el asesinato –por cierto que algunos medios lo califican de muerte– del líder supremo Alí Jamenei, familiares y altos dirigentes del país.

La respuesta iraní no se hizo esperar: comenzaron los bombardeos contra Israel y las bases estadounidenses ubicadas en los países de la región. Se extendía el conflicto a la región y con impacto a nivel internacional, principalmente por el riesgo de crisis energética global y el peligro para las vías marítimas del comercio, entre otras muchas.

Hipocresía mediática

La condena a la agresión y el derecho iraní a defenderse podría calificarse de débil y, en ocasiones, Teherán ha sido el acusado. ¿Cómo explicarlo?

Además de los intereses de  las fuerzas políticas en el poder y de los diversos actores debe tenerse en cuenta que durante muchos años se ha conformado un escenario donde han predominado las narrativas dominantes de los Estados Unidos y Europa que han construido percepciones públicas donde se ha criminalizado a Irán, lo que se ha incrementado con el perfeccionamiento y ampliación de las redes de comunicación y las plataformas digitales.

El programa nuclear iraní y su “amenaza” ha sido utilizado como una herramienta política y de seguridad para justificar la presencia militar y las alianzas estratégicas en la región. Esas narrativas, por una parte, configuran la percepción hacia el país persa de que Irán pudiera desarrollar y utilizar eventualmente una bomba nuclear; por la otra,  refuerzan la idea de que la guerra es una posibilidad siempre latente.

Durante muchos años, y en alguna medida posterior al 28 de febrero, se ha manifestado un patrón constante en la narrativa internacional: mientras las acciones de Washington y Tel Aviv suelen ser calificadas como medidas de “defensa” o “disuasión”, la reacción de Teherán es presentada como una amenaza desproporcionada.

La  opinión pública global se basa esencialmente en  relatos mediáticos que invisibilizan las provocaciones y acciones históricas e iniciales de los Estados Unidos e Israel y refuerzan la imagen de Irán como agresor. Los medios occidentales no son neutrales y responden a intereses económicos, políticos y culturales que tratan de legitimar sus narrativas y deslegitimar otras. Se practica una cobertura sesgada y se fabrica un consenso.

La cobertura mediática occidental (“cobertura sesgada del Islam”) sobre Irán ha estado marcada por un sesgo sistemático que criminaliza al país y legitima la agresión imperial. Como señala Said: “los medios y los expertos determinan cómo vemos al resto del mundo”, reforzando estereotipos que presentan al Islam como amenaza.

El tratamiento del Islam en los medios occidentales es condenatorio y se vincula al terrorismo, dictadura, violación de Derechos Humanos. Irán ha sido un ejemplo de ello. El resultado es la criminalización y satanización del país.

En la misma línea, Chomsky y Herman advierten que “los medios fabrican consenso en favor de las élites políticas y económicas”, lo que explica la narrativa homogénea contra Irán.

En conjunto, estas perspectivas muestran cómo la hipocresía mediática funciona como un dispositivo de legitimación de la dominación imperial. El doble rasero ha sido constante y evidente: mientras se condena a Irán por el arma nuclear, o la posibilidad de tenerla, Israel es el único país en el área que la posee.  

En otro sentido, se maximiza las posturas y acciones contra el régimen iraní a lo interno, mientras no se difunde las manifestaciones de apoyo de la población al Gobierno. Esto refuerza la percepción de que Irán es el agresor, mientras Israel aparece como actor defensivo. Es  la hipocresía mediática.

Entonces, la postura mundial hacia la agresión contra Irán no es únicamente el resultado de la cobertura mediática sesgada, sino también forma parte de una estructura de dominación imperialista que condiciona la narrativa global. La proyección internacional hacia Irán se inscribe en una lógica más amplia de hegemonía-dominación.

En este ámbito no puede obviarse lo que sostienen la Dra. Olga Rosa González Medina y la Dra. Hilda Saladrigas Medina: “el Complejo Militar-Industrial-Cultural es una estructura  material y simbólica real, con ramificaciones profundas en todos los ámbitos de la producción cultural y mediática global. Se ha consolidado y expandido como respuesta estratégica a la crisis de legitimidad del imperialismo estadounidense, reconfigurándose para dominar no solo territorios, sino también imaginarios, emociones y percepciones”.

Los medios representan, controlan, reproducen y legitiman los intereses estratégicos de las potencias hegemónicas. Esta dinámica confirma que la hipocresía mediática es inseparable de la lógica de dominación imperial, pues ambas operan de manera complementaria para sostener la supremacía política, militar y económica de determinados actores  en Medio Oriente.

Hay una correlación entre imperialismo-hegemonía-dominación-medios y diplomacia coercitiva. Estamos ante la conjugación de intereses y factores geopolíticos y la construcción mediática de una imagen, donde los medios actúan como sistemas de propaganda que “fabrican consenso”.

Todo ello en gran parte explica que no haya habido un quehacer conjunto, incluyendo el popular, que condene enérgicamente la agresión. La retórica bélica y política nuclear, vinculada al análisis de la relación triangular Irán-Estados Unidos-Israel, se proyecta como una herramienta política y hacedora de opinión que expresa una gran hipocresía mediática que se centra en algo muy simple, pero muy peligroso: el bueno y el malo. 

Dominación imperial[1]

En  los últimos años la hegemonía estadounidense ha sido retada por el ascenso de otros actores que, además, se han insertado en diversas regiones, como Medio Oriente, con nuevas formas de hacer e instrumentalizando mecanismos propios, como son los casos de China y Rusia. 

Al mismo tiempo, los últimos acontecimientos en el área, sobre todo el debilitamiento del Eje de la resistencia, las consecuencias del Plan de Paz para  Gaza, la guerra de los 12 días, las manifestaciones de fines de año en Irán, entre otros aspectos, evidenciaban el debilitamiento de las fuerzas contestarias a Israel y los Estados Unidos, donde ocupaba el primer lugar Irán.

Era el momento oportuno para reconfigurar geopolíticamente la región. Los Estados Unidos impondrían su supremacía e Israel sería el gran hacedor de las nuevas dinámicas y procesos. Se iniciaba la agresión, había que recuperar el espacio, derrotar a los enemigos[2]. Era el momento de establecer el control total sobre el área.

Israel no actúa en solitario: su alianza estratégica con los Estados Unidos le otorga un papel privilegiado en la arquitectura de poder en Medio Oriente. La presión y posterior guerra contra Irán responde a la necesidad de mantener un orden regional donde Israel sea el aliado clave y garante de los intereses occidentales.

Cuando observamos la correlación entre los intereses del dominación de los Estados Unidos (y de Israel), las acciones militares, la hipocresía mediática y la percepción y postura hacia la guerra en el mundo, salta a la vista que estamos en medio de una crisis civilizatoria[3].

Vega Cantor sostiene que la crisis civilizatoria es consecuencia histórica de la expansión del capitalismo y que se manifiesta en múltiples dimensiones –económica, ecológica, cultural y geopolítica–, poniendo en riesgo la continuidad de la vida en el planeta.

En ese contexto, los intereses geopolíticos, entre otros, llevan  a que la guerra se convierta en espectáculo, donde la hipocresía mediática desempeña su papel, la verdad no es esencial y se convierte en mercancía, solo se observa la parte que responde a los intereses en este caso de los Estados Unidos e Israel. Asimismo, la violencia se normaliza y se justifica, mientras se omite la verdad.  

El espacio digital amplifica la hiperconectividad, que permite manipular atención, memoria y emociones, convirtiendo las redes sociales en hacedores de opinión. Es así que se legitiman la violencia, el abuso, el asesinato.

Los valores civilizatorios del capitalismo apoyados en la concepción eurocentrista del mundo se desdibujan, se sustituyen o tergiversan bajo normas, reglas y lenguaje que se imponen y  que son aceptados, pues en la práctica  la mente y las acciones se “controlan” cada vez más.

Es una guerra cognitiva que tiene como espectáculo la violencia y se consume como noticia, con una proyección que magnifica las razones de una de las partes, mientras la otra se demoniza. ¿El resultado? La negación de los propios valores o por lo menos de los que dicen que son.

Se normaliza la aceptación de una realidad –el mundo en que vivimos– que privilegia la fuerza y la dominación, porque algunos tienen la verdad y son superiores a los otros.

En definitiva, dicha crisiscivilizatoriaes expresión del agotamiento de los modelos políticos, económicos y culturales dominantes. Y se relaciona con la mencionada guerra cognitiva que en la práctica es la guerra de la información, que utiliza propaganda, desinformación y manipulación psicológica porque “la mente humana se convierte en el campo de batalla”.

Por último

Como advierte Boaventura de Sousa Santos: “vivimos una crisis civilizatoria: el modelo occidental, eurocéntrico y capitalista ha agotado su capacidad de ofrecer respuestas a los desafíos contemporáneos”. En la misma línea, Dussel señala que “la crisis civilizatoria actual está vinculada al agotamiento del paradigma colonial y capitalista que ha dominado la historia mundial”.

Precisamente, frente a ese desafío, los tambores de guerra se transforman en imágenes, titulares y narrativas que normalizan la violencia y predisponen a la opinión pública a aceptar la confrontación como inevitable y a legitimar a una de las partes. La hipocresía discursiva instrumentaliza una guerra mediática, bajo la lógica y normas, por la dominación imperial.

Esto, en buena medida, explica la postura de una gran mayoría hacia el conflicto y la impunidad de los actos cometidos. La novelística mediática se convierte en una herramienta  de poder tan cardinal o más que  las sanciones o los portaaviones.

En definitiva, es una geopolítica de dominación que en la práctica es permitida, donde los tambores de guerra se amplifican a través de la guerra cognitiva en la esfera mediática, la hipocresía mediática legitima las narrativas de poder y la guerra, y todo ello se inscribe en una lógica de dominación imperial que, en última instancia, refleja una crisis civilizatoria global.

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María Elena Álvarez Acosta Cubana, doctora en Ciencias Históricas

Referencias

Álvarez Acosta, M. E. (2019, junio 7). “Irán: ¿tambores de guerra?”, Revista Correo del Alba.

Arrighi, G. (1994). The Long Twentieth Century: Money, Power, and the Origins of Our Times, Verso.

Arrighi, G. (2007). Adam Smith in Beijing: Lineages of the Twenty-First Century, Verso.

Chomsky, N., & Herman, E. (1988). Manufacturing Consent: The Political Economy of the Mass Media, Pantheon Books.

Chomsky, N. (2003). Hegemony or Survival: America’s Quest for Global Dominance, Metropolitan Books.

Chubin, S. (2009). Iran’s Nuclear Ambitions, Carnegie Endowment for International Peace.

De Sousa Santos, B. (2014). Epistemologies of the South: Justice against Epistemicide, Routledge.

Dussel, E. (2007). Política de la liberación: historia mundial y crítica, Trotta.

Gerges, F. (2018). Making the Arab World: Nasser, Qutb, and the Clash That Shaped the Middle East, Princeton University Press.

González Medina, O. R., & Saladrigas Medina, H. (2026). “El complejo militar industrial cultural: sus ramificaciones entre el imperialismo y el absolutismo cultural”, Revista Política Internacional, 8(1).

Hall, S. (1997). Representation: Cultural Representations and Signifying Practices, Sage.

Harvey, D. (2003). The New Imperialism, Oxford University Press.

Huntington, S. P. (1996). The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order, Simon & Schuster.

Katzman, K. (2020). Iran: Internal Politics and U.S. Policy and Options, Congressional Research Service.

Nasr, V. (2006). The Shia Revival: How Conflicts within Islam Will Shape the Future, W. W. Norton & Company.

Nye, J. (2004). Soft Power: The Means to Success in World Politics, PublicAffairs.

Parsi, T. (2007). Treacherous Alliance: The Secret Dealings of Israel, Iran, and the United States, Yale University Press.

Said, E. W. (1981). Covering Islam: How the Media and the Experts Determine How We See the Rest of the World, Pantheon Books.

Scobell, A., & Nader, A. (2015). China in the Middle East: The Wary Dragon, RAND Corporation.

Vega Cantor, R. (2010). Un mundo incierto, un mundo para aprender y enseñar, Editorial Universidad Pedagógica Nacional.

Wallerstein, I. (1974). The Modern World-System I: Capitalist Agriculture and the Origins of the European World-Economy in the Sixteenth Century, Academic Press.


[1] Medio Oriente es una regióngeopolítica esencial para los actores mundiales. Rodeada de cinco mares,   punto esencial de recursos energéticos, paso de importantes vías marítimas y terrestres, centro de cruce entre Asia y África, con acceso al Mediterráneo, entre otros aspectos.

[2]  “Estados Unidos siempre tendrá un pretexto o excusa para enfrentarse a Irán… [que] ocupa un espacio vital en las relaciones de poder a nivel regional y mundial, que pasa por los factores geopolítico y energético. (…) El que controle al país persa domina la región de mayor tráfico petrolero en el mundo (Mar Negro, Mar Caspio y Golfo Pérsico) y, por último, ese país esencial para los poderes mundiales del momento, proyecta una política antiimperialista”, señalé en 2019.

[3] La noción de “crisis civilizatoria” ha sido conceptualizada principalmente por pensadores latinoamericanos como Renán Vega Cantor, Márgara Millán y Raúl Ornelas, quienes la vinculan con la suma de crisis económicas, sociales, ambientales y culturales que ponen en cuestión la continuidad del capitalismo y del modelo civilizatorio moderno.

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