Cuando el sobrino de Napoleón, Luis Napoleón Bonaparte o Napoleón III, gana las elecciones de diciembre 1848 e impone una dictadura que duraría 18 años, incursiona en uno de los principales antecedentes de la Gran Guerra o la Primera Guerra Mundial; la Guerra Franco-Prusiana con nada más ni nada menos que con los dos grandes de Occidente para la época, Guillermo I y Otto Von Bismarck, quienes enfilaron sus tropas para hacerle frente a los franceses y así derrotar el segundo Imperio francés, el cual sucumbiría ante las tropas prusianas y con dicha derrota el surgimiento de la Tercera República liderada provisionalmente por Louis Adolphe Thiers.
Este último, responsable del armisticio, capitulador y entreguista de las tropas francesas, las cuales estaban fuertemente golpeadas tras la captura de alrededor de 100 mil soldados que en manos de los prusianos perdían toda capacidad bélica de respuesta contra su enemigo transnacional inmediato. A demás de ello, Thiers, quien en provisionalidad presidencial permitió que los prusianos por medio de un armisticio que al decir del obrero argentino Pedro Malatesta le entregaran en el propio Versalles «la cesión de las provincias de Alsacia y Lorena a Prusia, el pago de un rescate de 200 millones de francos, el desarme de los soldados que aseguraban la defensa de la capital y la posibilidad de entrar en París para hacer un desfile en honor a Guillermo I, quien se proclamó emperador de Alemania en el Palacio de Versalles».
Capitulación que generó un descontento en la Guardia Nacional parisina, puesto que este pretendía desarmar a las tropas que defendían la ciudad; contexto en el cual Thiers ordena al Ejército desarmar la Guardia de manera sorpresiva, lo que alertó en primer momento a las mujeres quienes abocadas a la defensa de su órgano armado pusieron en alerta a la población y aseguró que las armas no se fueran de París. Así lo documenta la experiencia de la comunera Louise Michel: «bajé la colina, con mi carabina bajo la capa, gritando ‘¡traición!’. Pensábamos morir por la libertad. Nos sentíamos como si nuestros pies no tocaran el suelo. Muertos nosotros, París se habría levantado. De pronto vi a mi madre cerca mío y sentí una angustia espantosa; inquieta, había acudido, y todas las mujeres se hallaban ahí. Interponiéndose entre nosotros y el Ejército, las mujeres se arrojaban sobre los cañones y las ametralladoras, los soldados permanecían inmóviles. La revolución estaba hecha».
Consolidada la defensa de la Guardia Nacional e iniciada la rebelión contra el gobierno provisional, Thiers abandona París, sede del gobierno central, evacuando a su vez las tropas fieles que le seguían, estas últimas que golpeadas ya en el inicio de la Comuna habían perdido a dos de sus más importantes generales, Claude Martin Lecomte y Clément Thomas, quienes intentaron diezmar a sangre y fuego la naciente revuelta y fueron fusilados por la emergente justicia obrera y popular.
Ya el 18 de marzo de 1871 se daría parto a el primer ejercicio de gobierno obrero de la historia.
Una experiencia revolucionaria
Ante dicha experiencia Lenin levantaría la siguiente afirmación: «sobre los hombros de la Comuna estamos todos en el movimiento actual». Estas palabras del líder bolchevique no solo le otorgaban un valor incalculable a la Comuna en la historia del proceso revolucionario mundial, también le garantizaba un reconocimiento a esta como semilla en la cosecha de la emancipación de la clase trabajadora. Para el líder soviético la Comuna comunicaba la posibilidad real de la construcción de una sociedad nueva, afirmaba también que «la causa de la Comuna es la causa de la revolución social, es la causa de la completa emancipación política y económica de los trabajadores, es la causa del proletariado mundial. Y en este sentido es inmortal». Causa histórica que demostró la importancia de un gobierno democrático y popular, que a partir del 26 de marzo en elecciones forjó el primer comité central de obreros que la historia del mundo moderno viera.
Tras la elección de 92 integrantes de este nuevo poder proletario, en vísperas del segundo impulso de la revolución industrial capitalista, la capital francesa sustituía la habitual bandera tricolor por el univoco rojo de la clase obrera y los cantos revolucionarios que después daría a conocer el comunero y delegado del comité central Eugéne Pottier, en el exilio, y de los cuales se resalta La Internacional, el himno de los trabajadores del mundo.
Es así que este concejo de obreros inicia la declaración de un nuevo orden social que, al constituirse como Comuna Roja, horrorizaba a la burguesía europea, haciendo que esta misma dejara de lado sus disputas chovinistas para que en Santa Alianza hicieran todos los esfuerzos por destruir a quienes ellos consideraban como los evadidos del presidio, que abiertamente se amotinaban contra la familia, la religión, el orden y la propiedad.
Organizada la Comuna, con una dirección democráticamente electa, se decretarían los días 29 de marzo y 2 de abril, lo que serían las principales transformaciones que esta le otorgaría a la nueva forma de vida que allí germinaba y que desde la llamada primavera de los pueblos de 1848 Europa no observaba. Ante estos hechos, el presente se vale de las palabras que el propio Marx expresaba para identificar los logros de esta experiencia proletaria:
«1. El primer decreto de la Comuna fue para suprimir el ejército permanente y sustituirlo por el pueblo armado.
2. La Comuna no había de ser un organismo parlamentario, sino una corporación de trabajo, ejecutiva y legislativa al mismo tiempo.
3. Desde los miembros de la Comuna para abajo, todos los que desempeñaban cargos públicos debían desempeñarlos con salarios de obreros.
4. La separación de la Iglesia del Estado y la expropiación de todas las iglesias como corporaciones poseedoras.
5. No se trataba de destruir la unidad de la nación, sino por el contrario, de organizarla mediante un régimen comunal, convirtiéndola en una realidad al destruir el poder del Estado, que pretendía ser la encarnación de aquella unidad, independiente y situado por encima de la nación misma, en cuyo cuerpo no era más que una excrecencia parasitaria.
6. Todas las instituciones de enseñanza fueron abiertas gratuitamente al pueblo y al mismo tiempo emancipadas de toda intromisión de la Iglesia y del Estado. Así, no solo se ponía la enseñanza al alcance de todos, sino que la propia ciencia se redimía de las trabas a que la tenían sujeta los prejuicios de clase y el poder del gobierno.”
En estos seis elementos se pueden identificar los principales logros sociales, culturales, políticos y económicos que generó la Comuna con tan solo 72 días de organización popular, en los cuales de una u otra forma se elevaron categóricamente las condiciones de vida de los y las trabajadoras, y como muestra de ello fueron los decretos en la eliminación del trabajo nocturno para los panaderos y la democratización del gobierno, constituyendo una nueva forma de administración de la vida social y haciendo partícipes de las decisiones del naciente Estado a toda la organización obrera que mayoritariamente militaba en los llamados Clubes Rojos.
La caída de una revolución
La carrera comunal desarrollada por los obreros de París, al son de los procesos propios de la dialéctica revolucionaria, encontró sus concretas contradicciones en el seno de una organización proletaria incipiente que, a causa de estos y a pesar de su infortunio, serían los causantes de la debacle de esta primera experiencia de poder popular. Lenin lo analizaría de la siguiente manera:
«Para que una revolución social pueda triunfar, necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella. Pero en 1871 se carecía de ambas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, y Francia era entonces, en lo fundamental, un país de pequeña burguesía (artesanos, campesinos, tenderos, etc.). Por otra parte, no existía un partido obrero, y la clase obrera no estaba preparada ni había tenido un largo adiestramiento, y en su mayoría ni siquiera comprendía con claridad cuáles eran sus fines ni cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria del proletariado, ni fuertes sindicatos, ni sociedades cooperativas,»
Estas condiciones serían ejemplo en la larga lucha del proletariado por sus conquistas, es por ello que los y las trabajadoras del mundo hoy reposan sobre los hombros de la experiencia comunal de París, que de una u otra forma se constituyó en el ente a emular y a analizar para futuras experiencias, es por ello que sus logros y contradicciones hoy se convierten en punta de lanza del análisis del marxismo, para su avance como praxis de la emancipación. En consecuencia, Lenin demarcaba el siguiente aspecto: «no importa que estas dos manas sublevaciones de la clase obrera hayan sido aplastadas. Vendrá una nueva sublevación ante la cual serán las fuerzas de los enemigos del proletariado las que resultarán débiles. Ella dará la victoria completa al proletariado socialista».
La experiencia de la Comuna logra demostrar la importancia que tiene la organización obrera y su fortalecimiento permanente, elemento necesario para profundizar los ejercicios de cambio en las relaciones abiertamente contradictorias entre el capital y el trabajo. Es así como su experiencia debe seguir siendo faro del movimiento popular, debe estudiarse de manera continua, con el objetivo de beber de sus aciertos y desaciertos, con el fin de que esta contribuya al desenvolvimiento de las tareas necesarias para la creación de un nuevo tipo de formación ejecutiva –si se quiere–, la cual está intrínsecamente ligada a la construcción de un Estado comunal que esté orientado por las grandes masas de la clase popular y por ende se pueda generar el aniquilamiento final del viejo Estado burgués.
Solo fortaleciendo las experiencias comunales daremos recambio a las formas conservadoras de la democracia representativa, que no son más que formas restringidas de «participación» y las cuales le pertenecen al enemigo de clase, quien se disfraza bajo su manto para seguir engañando a las y los trabajadores con la falsa ilusión de su democracia electoral, la cual debe ser profundamente cuestionada y recompuesta por el campo popular y sus formas de nuevo tipo de organización estatal.
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Harold García-Pacanchique Colombiano, doctorado Interinstitucional en Educación








