A cuatro años del arribo del Frente Amplio (FA) a La Moneda, el balance que nos deja esta experiencia histórica merece una reflexión desprovista de complacencia. Una reflexión que, desde las fuerzas de izquierda en Chile, debemos encarar sin concesiones si pretendemos no repetir los mismos errores que nos han conducido a la peor derrota cultural en décadas.
El FA fue, desde su génesis, una construcción «eventalista». El «evento» estudiantil del 2011; el «evento» contra las AFP; el «evento» Me Too: eventos que esta generación política surfeó con destreza mediática pero sin jamás conducir ni aspirar a transformar. El Crédito con el Aval del Estado (CAE) para la educación superior, la perpetuación de las AFP y una política de género que descansa en lenguajes y arquetipos desprovistos de impacto emancipador.
El estallido social los tomó por sorpresa –como a todos– y su respuesta fue aferrarse a la tabla de surf redentora de la Nueva Constitución, postergando al paraguas constituyente todas sus esperanzas transformadoras. Mark Fisher lo diagnosticó con precisión quirúrgica: el eventalismo es la cara maníaca de una izquierda que oscila entre la euforia del acontecimiento y el colapso depresivo que le sigue. No quieren el cambio real que arruinaría la pureza de la teoría; prefieren la promesa perpetua del evento redentor que siempre está por venir.
Cuando el primer plebiscito constitucional certificó la derrota, el FA no se replegó a revisar sus fundamentos: se vistió con el traje del administrador. La conducción política mutó en management. Y aquí emerge la confusión fatal: interpretaron la correlación de fuerzas en el aparataje estatal-legislativo como un mandato de realismo capitalista. Donde debieron ver una trinchera desde la cual disputar hegemonía, encontraron la excusa perfecta para la claudicación. Estabilizar el neoliberalismo chileno, recortar el gasto fiscal, la subordinación macroeconómica como santo grial del «gobiernismo»: estos pasaron a ser los trofeos que exhiben con orgullo. Los valores neoliberales son hoy las banderas que levanta el gobierno supuestamente más progresista de las últimas décadas. El mensaje, apenas velado, es devastador: no hay otro mundo que imaginar.
Las comunicaciones del Gobierno –ese albatros que nunca pudo volar– han elegido la estridencia y superficialidad de la cifra para relevar su legado: los «Mil Avances», una suerte de lista de supermercado que va desde el Copago Cero hasta la mantención del Visa Waiver, de la reforma de pensiones a la Ley Naín-Retamal. Una enumeración que confunde cantidad con transformación, ruido con profundidad. Como si acumular medidas inconexas pudiera sustituir un proyecto político coherente. Como si la administración eficiente del presente pudiera reemplazar la construcción del futuro.
Y mientras el imperialismo recrudece con una virulencia no vista en décadas –con intervenciones militares en Venezuela y amenazas permanentes sobre Cuba–, nuestro Presidente decide sincerar una de sus tantas caras respecto a Fidel y la Revolución cubana, condenando desde la comodidad pueril de su sillón presidencial. Qué momento más oportuno para descubrir convicciones.
No menos revelador resulta el ejercicio de autocrítica que el mandatario ha desplegado en sus últimas semanas: sincera lo que considera los errores fundamentales de su gestión, pero destinando responsabilidades exclusivamente a terceros. El problema fue haber puesto a Jackson en la Secretaría General de la Presidencia de Chile (Segpres), los filtros que no funcionaron en la compra de la casa de Allende, la ingenuidad de la extitular del Interior, Siches, en Temucuicui. Siempre otro. Siempre un ministro, un asesor, un funcionario que cometió la fechoría. Del Presidente, poesía, una zona de intangibilidad que la autocrítica no se atreve a tocar. Pero el problema no son los errores puntuales. El problema es qué futuro construyen esos errores. Y aquí la respuesta es desoladora: los errores del gobierno del FA no nos traen futuro, nos devuelven la nostalgia. Nostalgia de la edad de oro concertacionista para los más benévolos; para los menos, el camino despejado hacia la restauración pinochetista.
Si algo puede reflejar mejor la letra inicial del partido del presidente es la F de frivolidad. Iniciado el gobierno nos saturamos de entelequias simbólicas fundacionales: el cambio de mando con su estética rupturista, sus giras internacionales coronadas por la compra de vinilos y libros que los medios celebraban como gestos de humanidad presidencial. Todo ello, corolario de una política exterior vacía y muy alejada del pretencioso deseo de convertirse en referente de los progresismos del mundo. ¿Qué queda de aquellas aspiraciones? Un Presidente que termina su mandato condenando a Cuba para agradar a quién sabe quién, mientras firma leyes que blindan la impunidad policial.
Porque quizás el legado más amargo –y el más duradero– sea ese. Gabriel y sus amigos nos han heredado un Estado con herramientas represivas fortalecidas. La Ley Naín-Retamal(–Boric), promulgada por este mismo gobierno en 2023, se vistió de gala esta semana en el juicio de Gustavo Gatica. El tribunal estableció, más allá de toda duda razonable, que el carabinero Claudio Crespo disparó los proyectiles que dejaron ciego a un joven de 21 años. Y, sin embargo, lo absolvió, aplicando retroactivamente una ley firmada por un Presidente que llegó al poder montado en la ola del estallido social. Los teloneros de este Gobierno pretenden explicarnos que el andamiaje jurídico chileno hubiese llegado a la misma ignominia e impunidad con o sin esta legislación. La excusa es tan cínica como predecible.
El gobierno más progresista de las últimas décadas nos deja a merced de los románticos del pasado. En sus cuatro años, el proyecto frenteamplista administró sin cuestionar un modelo que sigue sin saber cómo enfrentar los desafíos de la posmodernidad, cómo construir redes colectivas que reviertan el individualismo militante que nos atomiza. El FA nunca creyó en dirigir, en conducir el proceso. Tempranamente decidió postergar sus esperanzas; la derrota constitucional lo hizo vestirse de una finalidad meramente administradora. Y administradores del neoliberalismo hay de sobra: para eso no hacía falta una generación que prometió cambiarlo todo.
Un buen pie para las fuerzas de izquierda sería reconocer este momento con la crudeza que merece. No se trata de enumerar errores como quien hace inventario de bodega. Se trata de entender qué futuro estamos construyendo. Porque el gobierno de las frivolidades no puede allanar una segunda temporada de aprendizajes. La historia de Chile muestra que estos aprendizajes se pagan muy caro.
No podemos darnos el lujo de otra generación perdida en el espejismo del gradualismo, las condenas a destiempo y la administración eficiente de lo existente. Lo que está en juego no es un gobierno: es la posibilidad misma de que la izquierda vuelva a representar una alternativa real de transformación. Es la capacidad de imaginar –y construir– otro mundo posible. Porque si algo nos enseña esta derrota es que el realismo capitalista no se combate administrándolo mejor: se combate atreviéndose a creer que las cosas pueden ser distintas.
Hay que estar alertas cuando la generación dorada aspire a ponerse nuevamente el antifaz de impugnadores.
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Claudio Pérez Chileno, médico







