Impostores disfrazados de demócratas

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Por Esther Calderón

Con el resultado de las Elecciones Generales del 20 de octubre en Bolivia emergió y se dio a conocer la verdadera cara de los impostores disfrazados de demócratas. Ellos no saben que su “lucha” por un ideal impuesto de “democracia”, obedece a intereses que superan el tamaño de su imaginación.

Lo que sucede actualmente fue planificado años atrás y es provocado desde una estrategia geopolítica para convulsionar y desatar violencia y división en el país, dentro de un contexto similar en América Latina. ¿Cuál es el fin? Justificar la intervención extranjera.

Los “ciudadanos de a pie” que se movilizan incitando a la violencia y exacerbando el racismo, como si ese fuese el único camino hacia la “democracia”, creen que luchan por Bolivia, sin embargo, luchan para otros. No lo saben, pero lo hacen.

Los impostores creen actuar desde sus convicciones personales, pero actúan a favor del poder hegemónico, que busca restaurar su control en nuestros países, así sea por la fuerza.

Al impostor le es favorable construir un pensamiento provincial y neocolonial, por eso sus seguidores no comprenden la importancia geoestratégica de Bolivia en el mundo y no tienen idea de cuán impostergable es fortalecer la soberanía de nuestros pueblos para dejar de ser simples periferias y consolidarnos como actores de la economía mundial. No perciben que una posible restauración conservadora podría traducirse en el retorno a la pobreza y la exclusión.

Mentalizados por su egoísmo, apuestan por el capitalismo porque creen que lo más importante es la “libertad económica individual”, aunque esta signifique empobrecer más al pobre y rendir tributo al 1% más rico del mundo, que los vuelve esclavos del capital transnacional. Hablan de Dios, pero nunca del Dios de los pobres, ni de las viudas, mucho menos de los huérfanos. Al contrario, se arrodillan ante el Dios-dinero y le rinden culto todos los días.

«Los que incitan a la violencia tienen miedo al debate, pues ahí es donde pierden. No les interesa el diálogo, porque no conciben un país en el que se puede construir desde la conciliación»

Quieren violencia, son emocionales y no razonan. Su mismo voto fue un acto puramente hormonal. ¿Cómo podría explicarse el amplio apoyo electoral al cómplice de la Masacre de Octubre de 2003, quien no tuvo la valentía de testificar en un juicio decisivo que habría traído justicia a decenas de familias de El Alto que perdieron a sus seres queridos?

Hablan sin informarse y se niegan a buscar la verdad. Con todo, creen en memes, fotos, videos y mensajes reenviados de WhatsApp y los comparten como verdades absolutas, reafirmando los lugares comunes instalados por los medios de difusión y las redes digitales años atrás. Acto seguido, dicen que “luchan por Bolivia”. ¿Realmente luchan?

Los que incitan a la violencia tienen miedo al debate, pues ahí es donde pierden. No les interesa el diálogo, porque no conciben un país en el que se puede construir desde la conciliación.

Hoy, usar la tricolor como capa de superhéroe y salir a las calles se ha convertido en una moda carente de contenido y de propuestas de país; una moda de frases hechas, consignas racistas y palabras soeces.

Ciertamente, la violencia simbólica y los insultos jamás serán la respuesta. Violencia no es democracia. Democracia es respeto.

¿Qué debe hacer el Gobierno? Debe iniciar un proceso de autoreflexión profunda, abrirse al diálogo y ceder. En este momento es ineludible construir espacios de diálogo, pacificación y respeto, camino necesario para evitar la violencia.

¿Cómo reaccionamos quienes buscamos la verdad? Si los impostores defienden su voto con violencia, defendamos nuestro voto con argumentos. Si ellos quieren imponerse por la razón o por la fuerza, nosotros hablemos respaldados por la fuerza de la razón. Si ellos insultan y agreden, respondamos con un llamado a la paz y al diálogo. Pues, cada quien da lo que tiene en su interior.

Desbordados por la histeria, ellos creen que solo a través de la violencia se hace historia. Entonces, llegó el momento de cambiar la forma de hacer historia.

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Esther Calderón Politóloga, filósofa y escritora

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